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Cambios de paradigma y ciencia chapucera


Los cambios de paradigma se caracterizan por una agitación intensa y una elevada productividad, seguidas, cuando las cosas se asientan, por un período de lo que se denomina “ciencia normal”. En función de la magnitud del cambio y del tipo de ciencia en cuestión, la fase inicial de entusiasmo y productividad puede durar meses o años. Los cambios de paradigma pueden ser el motor que impulsa el descubrimiento científico, pero al mismo tiempo están abiertos a la explotación a través de lo que yo llamo “efecto del carro de la música”. La oleada de entusiasmo por un área de investigación nueva y de moda crea una oportunidad utilizada por algunos investigadores para publicar trabajos concebidos precipitadamente y pobremente ejecutados, lo que les permite subirse al carro de la música. Este proceso se ve facilitado por dos factores. En primer lugar, las nuevas áreas de investigación tienen, por definición, pocos expertos capaces de evaluar de manera crítica el trabajo de los demás. En segundo lugar, los editores de las revistas científicas, ávidos de promover sus revistas mediante la publicación de resultados procedentes de áreas de investigación punteras, tienden a ser menos críticos de lo que son en otras ocasiones. Probablemente los cambios de paradigma siempre han estado acompañados por una parte de ciencia chapucera, pero estoy convencido de que la situación se ha agravado mucho a medida que aumentaba la competencia por los fondos de investigación o por las plazas en las universidades.

Tim Birkhead en Promiscuidad (las negritas son mías), un apasionante relato sobre la competencia espermática y la (por decirlo finamente) poliandria femenina.

Impossible is nothing: un ejemplo de tesón científico


Hace poco os hablé de las características que creía imprescindibles en un buen investigador. Hoy os traigo la historia de un hombre que supo suplir sus carencias con esfuerzo y enfrentarse a las adversidades con mucho sacrificio.

Nuestro protagonista nació en 1887 en Massachusetts. Durante sus años de colegio pasó con aburrimiento por las clases. Nada despertaba su interés aparte de la química y la física. Como buen americano, le gustaban las armas y la caza. También logró sobresalir en diversos deportes como atletismo, natación, tenis, billar, ski, skate y tiro al plato.

En 1906 entró en Harvard, donde se graduó en química en 1910. Tras un trabajo poco gratificante en una fábrica de algodón, comenzó a dar clases en la universidad. Se ganó un hueco como profesor adjunto de química y empezó a estudiar Bioquímica en la Escuela Médica de Harvard. Aunque su jefe le recomendó que cejara en su empeño de convertirse en investigador y se dedicara a la abogacía, nuestro científico no se amedrentó y terminó por obtener su doctorado en 1914. Finalmente llegó a ser profesor titular de bioquímica.

A pesar de su duro trabajo como investigador, durante mucho tiempo no fue capaz de obtener resultados en sus trabajos con ureasa. Aunque sus colegas dudaban de que se pudiera aislar una enzima en su forma pura, no se rindió. Muchos pensaban que la idea de aislar ureasa era ridícula, pero finalmente en 1926 consiguió aislar ureasa cristalizada. Muchos bioquímicos no le creyeron o directamente le ignoraron, aunque poco a poco le fue llegando el reconocimiento. Finalmente, en 1946 nuestro hombre ganó el premio Nobel de Química por ser el primero en aislar una enzima cristalizada y por demostrar que las enzimas son proteínas. Su nombre era James B. Sumner.

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